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Por Catalina Gaete Salgado

Los códigos son herramientas con las que cuentan las sociedades para organizarse, resguardar el orden y la armonía en diferentes aspectos sociales. Los códigos penales responden a esta premisa principal y fijan, a grandes rasgos, las leyes supremas de lo lícito y lo ilícito.

El código penal de la República de Chile data de 1874, por lo que podemos comprender que en él aún existen regulaciones, normas y sentencias penales que en la actualidad están totalmente obsoletas. En esta realidad pensamos cuando Revista Papalote decide embarcarse en la investigación de la Ley de la Gallina.

Debido a la antigüedad de nuestras legislaciones, un rumor, como todos, de desconocida procedencia, surge entre las voces de nuestra sociedad: el robo de una gallina, según nuestro longevo código penal, seria motivo de severas penas, las que serían incluso más duras que un crimen cualquiera.

¿Es posible que nuestras leyes carezcan, a tal nivel, de actualización y revisión?
Pues no. Aunque no todas, nuestras leyes si se actualizan por medio de mociones parlamentarias que deben ser abordadas, aprobadas o rechazadas en el congreso.

Así ocurrió con la Ley de la Gallina; ley que nunca fue tan explícita; que nunca otorgó mayores sentencias al robo de un pollo que al asesinato de una persona y que fue objeto de modificaciones y actualizaciones durante el año 2006.
El artículo 449 de nuestro código penal establece que: “En los casos de robos o hurtos de vehículos, de caballos o bestias de silla o carga, de ganado mayor o menor o porcino, podrán ser aplicadas respectivamente a los autores, cómplices y encubridores, las penas superiores en un grado a las que les hayan correspondido sin la circunstancia de tratarse de la substracción de animales”. Estas penas que son mencionadas en el artículo 449, corresponden al artículo anterior (448), donde se establecen las sentencias por cometer el delito de hurto; sentencias especificadas con presidio y gravedad (grado). Estas sentencias son adjudicadas según el valor del objeto que se ha robado. Entonces, como hemos evidenciado, en la ley nunca se utiliza el término gallina, y cuando se habla de animales, se les denomina como bestias o ganado, sin importar qué animal sea, sino cuánto es el valor de tal animal.
Las condenas permanecen en el presidio menor en sus grados de medio a máximo sólo si el objeto robado es avaluado en más de 40 UTM (Unidad Tributaria Mensual). La sentencia va disminuyendo en grado y en pago mensual de unidades tributarias; sentencias que, claramente, no superan las sentencias de un crimen cualquiera, los que comienzan con presidio máximo.
Esta ley, como todas las que componen nuestro código penal, busca desincentivar la realización de un delito o infracción por medio de sentencias. Este delito conocido como abigeato –robo de ganado- era más usual durante los años en los que nace el código penal, momento en el que Chile se componía principalmente de haciendas, las que explotaban la ganadería y vivían gracias a estas actividades, por lo que el robo de uno o varios ejemplares debía ser sancionado.
Sin embargo, el artículo 449 de nuestro código penal fue modificado el año 2006, bajo la moción de diez diputados, entre los cuales se encuentra Pablo Longueira. Esta modificación responde a que las penas establecidas en el artículo 449 del código penal eran tan bajas y poco rígidas, que el abigeato se volvió una practica recurrente en sectores rurales de nuestro país.
Ahora, los artículos modificados se concentran en la ley 20.090 y consideran el término abigeato –nunca antes mencionado en el código penal- el cual engloba todo hurto de ganados y se han aumentado la gravedad de estos delitos.
No obstante, dentro de la investigación realizada surgen interrogantes paralelas que han encontrado respuestas en un joven abogado. Rocío Salgado, abogada egresada de la Universidad Alberto Hurtado, nos explica que, a pesar de que esta ley ya ha sido modificada y que ahora es más categórica, todas las leyes son objeto de interpretación, lo que puede llevar a absurdos cuando los criterios de los jueces no coinciden con los criterios del legislador.
“Existe un área del derecho conocida como la interpretación de la norma. Si bien existen varias reglas de interpretación hay dos que son súper ejemplificadoras de lo que puede generar la falta de criterio en su aplicación: estas son la interpretación restrictiva y la interpretación extensiva”.
En la antigua roma imperaba una ley que prohibía el derramamiento de sangre en las plazas públicas. ¿Cómo interpretamos esa norma? ¿Podríamos sancionar a alguien por tener una hemorragia en medio de un paseo o un accidente fatal en medio de la plaza? Pues no, lo que se debe a que según el momento histórico en el que la ley impera, podremos comprender cuales son las intensiones del legislador, las que seguramente hablaban de prohibir riñas ni escándalos entre gladiadores en medio de los espacios públicos. Esta interpretación de la ley, es según Rocío, una interpretación restrictiva, ya que la lectura de esta se limita sólo a lo que la normativa esperaba regular, y no a una hemorragia pública.
En cambio, cuando al entrar a recintos privados vemos la normativa que evita nuestro ingreso con mascotas, y la señal trae la imagen de un perro y un gato ¿Cómo interpretamos esta normativa? ¿Acaso sólo podemos entrar sin perros ni gatos, pero si acompañados de un elefante? No, ya que esta interpretación es extensiva, es decir abarca más casos que los que el mismo legislador buscó regular en un principio.
Lo mismo ocurre con nuestra gallina, pues podemos hacer un interpretación extensiva para comprender que si se menciona a gallinas, bestias o caballos, no sólo se habla de estos animales, sino que considera a ganados, numerosos y valiosos ejemplares, aunque en la ley no se especifique.
Finalmente, y luego de comprobar que la Ley de la Gallina fue sólo un mal rumor de pasillo, podemos hacer una reflexión. Las conductas humanas cambian día a día. Nacen conductas que, si bien son negativas, no se encuentran tipificadas por ser conductas nuevas, para lo cual se van creando nuevas figuras delictuales. Sin embargo, es difícil modificar mensualmente nuestros códigos, por lo que, para suerte de algunos y desgracia de otros, todo queda bajo el criterio de nuestros jueces, quienes deben interpretar añejas y renovadas leyes para hacer justicia, aunque no siempre sea lo que ocurre en nuestro país.
Por Oriana Miranda

La imagen que cualquiera evocaría al mencionarle la profesión de “chofer de micro” es, sin duda, gris. Un tipo estresado, aproblemado, enojado o, en su defecto, triste, soportando las falencias de un sistema de transporte del cual él también es víctima, expresadas en la violencia diaria de los pasajeros. Infeliz. Lleno de deudas o de razones de fuerza mayor para trabajar en algo tan agotador, terrible y mal pagado. Pero, al parecer, esa realidad quedó en el pasado; en un pasado bullicioso, sucio y pintado de amarillo.

René Monsalve tiene 43 años y hace 26 que trabaja como chofer de micro: primero en las amarillas y ahora en el Transantiago. Por extraño que parezca, lo hace por vocación. “Mi viejita me decía que estudiara algo más, una carrera, tú sabes como son las mamás... Pero a los 17 años, apenas terminé cuarto medio, empecé a dedicarme a lo que a mí me gusta, el transporte público”.

Otra característica que sorprende de René es que sonríe. Se expresa con amabilidad. Y, como si fuera poco, además da los “buenos días”, agregando un “dama”, si se trata de una abuelita. Impresionante.

Conducía de noche, sin licencia, motivado por amigos y cercanos que ya se dedicaban a aquello. “Me siento libre”, es lo que afirma con una sonrisa en su rostro, “manejar me gusta, me hace feliz”. También le gusta ver gente distinta cada día, y asegura no haber tenido nunca problemas mayores con los pasajeros, aunque reconoce que los garabatos, escupitajos, carterazos, incluso los combos, son pan de cada día: “a mí no me pasa mucho. Les pasa a mis colegas. Aunque siempre está el riesgo, latente”.

A pesar de lo malo, René intenta hacer su trabajo lo mejor posible: lo que marca la diferencia es que él ama lo que hace. “Si gano 700, 800 luquitas mensuales, ¿cómo no voy a ser profesional?”: tiene razón, así cualquiera. Sobre todo con los horarios de trabajo los que ofrece la empresa operadora SUBUS, para nada desmedidos: se levantó a las 4.30 de la madrugada, para a las 5.30 iniciar su recorrido a bordo de la 212, “Providencia, La Pintana”. A las 12.01, luego de unas cuantas vueltas, debe estar en el paradero de Suecia con Avenida Providencia, y a las 12.34, cuando devuelve la micro al paradero general de Transantiago, ubicado en Recoleta, finaliza su jornada laboral.

Además, tiene un mes de vacaciones en el verano, y una semana en invierno, dos domingos libres al mes y un día a la semana. Si trabaja el primero de enero, es por opción: “Siempre pido ese turno, es que como yo no bebo...” -sonríe picaronamente y prosigue- “ya me tomé todo lo que me tenía que tomar”.

“La empresa nos cuida, nos deja trabajar tranquilos, en caso de tener un accidente, un choque, nos manda al sicólogo para que nos recuperemos. También nos tiene un seguro de vida por 24 millones de pesos. Yo a veces le digo a mi señora que ojalá que me maten luego. Dos autos, casa y más encima 24 palos, ¿qué mejor?”.

Con razón asegura que “después de 26 años, llegar a esta empresa es lo mejor que me ha pasado”. Además de la bonanza que significan los beneficios económicos y laborales, ha mejorado la relación con su familia: “cada vez tengo menos problemas. Antes llegaba con rabia a la casa, ahora llego contento”.

Si el caso de René fuese una generalidad, al menos, entre los trabajadores de SUBUS, entonces la realidad del chofer de Transantiago promedio sería muy distinta a la que nos pinta nuestra tenebrosa fantasía.
Por María José Gaona
El pasado martes 24 de noviembre Más de 200 mujeres marcharon, el pasado martes 24 de noviembre, conmemorando el Día Internacional de la No Violencia Contra la Mujer por las calles del centro de la capital chilena. La ocasión sirvió de homenaje especial a las 58 mujeres chilenas que durante este 2008 fueron víctimas de femicidio. El acto contó con variadas interpretaciones artísticas.
Desde el año pasado que los medios de comunicación masiva instalaron en la opinión publica el término femicidio para referirse a los asesinatos cometidos por hombres –maridos o parejas- en contra de mujeres. Lamentablemente este asunto parece no tener nada de nuevo.
A pesar de que últimamente la comunidad se ha educado bastante frente a este tema, hay mitos que aún lo orbitan. Muy poco se sabe de la otra cara de la moneda.
Cuando en los noticieros se muestran casos de femicidio, lo común es ver a familias de estratos medios o bajos viviendo esta situación. Las mujeres maltratadas de menores recursos económicos son más visibles debido a que buscan ayuda en las entidades estatales y figuran en las estadísticas. Suelen tener menores inhibiciones para hablar de este problema, al que muchas veces consideran "normal".
Las mujeres con mayores recursos buscan apoyo en el sector privado, cuanto mayor es el nivel social y educativo de la víctima, sus dificultades para develar el problema son mayores. Sin embargo, hay que entender que la falta de recursos económicos y educativos son factores de riesgo, ya que generan un mayor aislamiento social.
Poco es lo que se sabe frente a la violencia entre los jóvenes. Se cree que esta situación sólo ocurre cuando se está casado o lleva un buen tiempo conviviendo. Las cifras muestran un panorama bastante distinto.
La violencia en parejas jóvenes, entre 18 a 26 años, es algo que declaran como “común”. Una tesis de la Universidad Católica de Valparaíso asegura que un 27,8% de la mujeres afirman haber agredido a su pareja por lo menos una vez al año, y en los hombres fue un 19,1%, pero la violencia mutua es lo más frecuente.
En una relación donde la agresión es habitual, el agresor tiene altas probabilidades de ser violentado y los porcentajes van en alza en matrimonios o convivencias. La razón más común que genera esta violencia es, paradójicamente, el resolver conflictos.
Opciones para seguir ventilando mitos como los mencionados existen por doquier. Maneras para prevenir el maltrato y la violencia contra la mujer también. Faltan medidas de buen trato; “Desde la espiritualidad ver la potencialidad de las mujeres, no a la víctima, no a la violencia, sino (ver) el poder en ellas” propone Jill Shanti, experta en la realización de talleres con mujeres agredidas.
Carolina Jacques, Jefa de Gabinete de la Dirección Nacional de la Fundación Prodemu (Fundación para la Promoción y Desarrollo de la Mujer) resalta que la violencia es una “urgencia país” y que la única manera de enfrentar la violencia intrafamiliar, son las mujeres organizadas, pues ellas le transmiten a otras la gravedad de la agresión, permitiendo terminar con relaciones violentas.





Por Sofia Brinck
¿José Luis Nazar? ¿De quién estamos hablando?

Todo el mundo se esperaba la mega-promocionada donación de Leonardo Farkas en la Teletón y después de su anuncio, nadie pensó se pudiese opacar su brillo en el Nacional. Nadie, hasta que apareció un chileno con cara inocentona y bonachona que sorprendió a Chile entero, incluyendo a Don Francisco.



¿Se acuerda usted que en varias Teletones pasadas, un señor se subió al escenario y dio un dólar por cada persona que había en el Estadio Nacional? Se lo presento, José Luis Nazar Irarrázaval. ¿Qué no le suena? En realidad a nadie le sonaba mucho, hasta que empezó con esas donaciones, y ahora, un día después de la Teletón 2008, todo Chile lo conoce.
Nazar se subió con su hijo al escenario del Nacional a eso de la medianoche, unos 40 minutos después de Farkas y su rutilante donación. Se esperaba una cifra jugosa, grande, pero todas las apuestas quedaron bajas para lo que decidió dar el chileno que vive en Estados Unidos. Mil millones de pesos, exactamente igual que Farkas. Uno conoce al empresario minero, lo ha visto dar plata en conciertos y anunciar su posible candidatura a la presidencia. ¿Pero quién es el otro señor, ese que no conoce nadie y que tiene tanto como para dar mil millones de pesos?

Una vida detrás de la plata
Nació en 1947 y desde niño se destacó por su olfato para los negocios. Como provenía de una familia numerosa, nunca nadaron en la abundancia, pero José Luis se las arregló para empezar a sacar ganancias de la nada. Partió con un negocio en el colegio, vendiendo las marraquetas con palta que le daba su mamá de colación y siguió con un casino de bolitas de vidrio que fue expropiado varias veces por la profesora.
Fuente:Cooperativa Cuando cumplió 17 años, decidió que quería poner un negocio serio y tuvo que pedirle a su mamá que firmara por él en bancos y trámites, pues era menor de edad y no estaba autorizado por la ley. Su “caballito de batalla”, como lo llama él, fue el papel confort y puso un local en la calle Mac Iver con una base de 300 pesos de la época que había ahorrado. No hizo más que recolectar el papel en poblaciones o fábricas alejadas, y venderlo en el centro de la capital. Y empezó a subir, a ganar.
Su ascenso fue frenado en 1970, con la escasez de papel que hubo en el gobierno de Allende. Se dice que tuvo muchos problemas con la Dirección de Industria y Comercio (Dirinco) porque se le acusaba de monopolizar un artículo de primera necesidad, pero él afirma que no fue la razón de su inmigración a Estados Unidos. Vendió la tienda en 1971 y partió con sólo 300 dólares y ni una gota de inglés a lo desconocido.
Primero trabajó lavando platos mientras estudiaba inglés de un libro que forró con plástico para que no se mojara, ya que si dejaba de estudiar lo podían deportar. Después de muchos trabajos, decidió comprar una empresa y puso de pie 300 de los 400 dólares que ganaba, todo para crear “Inglés sin Barreras”.

Aprenda inglés en ocho meses
1.449.371.000 millones de pesos ha donado Nazar en 5 Teletones Nazar decidió que quería crear un curso que enseñara inglés en ocho meses, que necesitara sólo de una hora y media de estudio diario y que fuera cercano a la gente. Y lo logró, ya que actualmente es el más importante de todos los cursos que enseñan inglés a inmigrantes en Estados Unidos y hasta Plácido Domingo aprendió con él.
Según sus propias palabras, lo que hace que su curso sea diferente y exitoso es que evita la gramática y enseña expresiones que se usan en la calle, palabras del día a día. “La gente quiere que le enseñen a cómo ir de compras, porque generalmente cuando terminan de enseñarle el verbo to be ya está totalmente desanimada” dijo en una entrevista el empresario, quien recordó que en los inicios vendía el mismo el curso y trabajaba todo el día yendo de aquí para allá.
El boom del negocio fue en 1988, un año más tarde de haberlo empezado, y de ahí el camino fue meteórico. Es el avisador hispano más importante de la televisión estadounidense y el 90% de la gente que ha estudiado con “Inglés Sin Barreras” lo recomienda. Éxito total.

Lazos con Chile y la Teletón
Cuando José Luis Nazar se fue de Chile estaba muy enojado con el país, pero en Estados Unidos se dio cuenta de lo bueno de ser chileno, según sus propias declaraciones.
La primera vez que donó en la Teletón fue el año 2002 y dio 80 mil dólares, uno por cada persona en el Estadio Nacional. Un año más tarde aumentó a 110 mil dólares, diciendo que “como el dólar se había devaluado, daría uno por cada asistente, policía, bombero y periodista presente”. El 2006 repitió la acción, el año siguiente donó $250 millones de pesos y este año dio la sorpresa de la noche igualando a Leonardo Farkas y dando mil millones de pesos.
Nazar viene una vez al año a Chile con sus dos hijos, para mostrarles cómo es la patria de su padre. Dice que en Chile sólo dona a la Teletón y que es feliz haciéndolo como persona y no como empresa, ya que él se cuenta entre los millones de chilenos que ponen un poco y que hacen los dos tercios de los ingresos.
De las razones de sus donaciones dijo en una entrevista a la radio Cooperativa que “es lo único que hago por Chile, así que no me lo quiero perder. Con la Teletón envejecemos juntos” e hizo un llamado a quienes no habían donado todavía “porque todas las contribuciones individuales valen más que las de las compañías”.
Por Oriana Miranda
Se acerca fin de año, los malls hace tiempo están decorados con motivos navideños, y el pan de pascua y la cola de mono se apoderan poco a poco de nuestros hogares. Sin embargo, en este contexto, lo más esperado es el 2009 que se aproxima, con todas las esperanzas que conlleva el inicio de un nuevo año.

Es por eso que muchas personas, incluso familias enteras, se han amparado en las tradicionales cábalas de año nuevo para contar con mejor suerte o conseguir lo que desean, después de las doce del 31 de diciembre.

Según un estudio de la empresa de análisis y estudios de mercado Cimagroup, uno de cada cuatro chilenos declara ser fiel a un secreto de buena suerte o cábala para la noche de Año Nuevo, siendo las mujeres las más creyentes, con un 36%, contra un 16% de los hombres.

Algunos creen con fervor, otros lo hacen simplemente por diversión. Nada ni nadie ha avalado su efectividad. Lo cierto es que ¿quién no se ha puesto calzones amarillos el 31 de diciembre?, ¿o no ha esperado el año con billetes en el zapato?, ¿o, al menos, ha sabido de alguien que sí lo ha hecho?

Entre las creencias más arraigadas está la de comer una cucharada de lentejas cocidas con sal y agua, durante los primeros minutos del nuevo año, para llamar la riqueza y la prosperidad; algo con lo que Luchito Jara cumple sagradamente. ¿Podremos atribuir a aquello su fortuna? ¿Farkas comerá lentejas el último día del año?

Para el mismo objetivo también sirve sentarse en un paquete de arroz, envolver una bolsita de sal e intercambiarla por otra con algún familiar, guardarla durante todo el año y ocuparla el próximo, beber a medianoche de una copa de champagne con un anillo de oro dentro, y recibir el año nuevo con dinero dentro de los zapatos, entre muchas otras y más raras costumbres.

Los calzones amarillos también cuentan con una gran popularidad, y su función es atraer buenas energías. Más, si lo que se desea es que el año que se avecina esté repleto de amor y pasión, los calzones rojos no deben faltar la noche del 31 de diciembre. Se pueden superponer a los amarillos para conseguir ambos beneficios: además, si se usan al revés, aseguran numerosa ropa nueva. Se dice que es mucho más efectivo si las prendas son regaladas.

Ahora, si lo que directamente se quiere es llegar al altar, la receta milagrosa es pararse y volverse a sentar con cada una de las campanadas de las 12.

Existe también la manera de prepararse para recibir al próximo año. La más difundida es barrer toda la casa con sal, en círculos desde el centro hacia afuera, para eliminar las malas energías y todo lo negativo del año que se va, o con monedas de oro, para que no escasee el dinero en el hogar.

Los abrazos también son un tema. Si lo que se desea es conseguir pareja, se aconseja que la primera persona en abrazar al sonar las 12 sea alguien del sexo opuesto. Y se advierte que las mujeres solteras no deben, por ningún motivo, abrazar primero a un niño, ya que se exponen a la visita de la cigüeña sin matrimonio previo durante los próximos doce meses.

Una de las creencias populares relacionadas con el año nuevo más difíciles de realizar, es la de las doce uvas, ya que nadie pondría en duda la habilidad de quien fuese capaz de comer una uva por segundo, y además pedir un deseo por cada una. Pero valdría la pena el esfuerzo, ya que los deseos y anhelos más profundos se harían realidad.

Por último: las maletas. Se pueden sacar hacia la puerta de la casa si lo que se desea es viajar, pero es mucho, mucho mejor, si se da la vuelta a la manzana con una de ellas.

Más, entre todas las cábalas de año nuevo que se pueden recopilar o destacar, llama la atención: “esperar el Año Nuevo arriba de una silla para la buena suerte, además si se tiene un paraguas abierto en una mano, esto traerá felicidad y con una maleta en la otra, para viajar”. ¿No será demasiado ambicioso?

Imagínense: subir una silla arriba de la mesa, para sentarse sobre ella con un paquete de arroz como cojín, en calzones amarillos y rojos al revés (no se habla de calzoncillos), y que alguien te de de comer una cucharada de lentejas, y, al mismo tiempo, de beber champaña, mientras intentas no asfixiarte con el anillo de oro, ya que por ti mismo no puedes hacer casi nada, porque sostienes en una mano un paraguas abierto y en la otra una maleta.

Todo esto mientras estás sentándote y parándote con cada campanada, y cada vez que estás arriba alguna tía te ayuda a engullirte una uva y pensar un deseo, anhelo, ¡algo!, con billetes dentro de los zapatos, abrazando a un hombre, pero, por ningún motivo, a un niño.

Así, señoras y señores, no habrá cabida para malas noticias o imprevistos el 2009 que ya llega. Una proeza aeróbica, más, como reza el slogan de una famosa multitienda, la magia está en creer. O, al menos, sería el chiste del año si alguien decidiera hacerlo y subirlo a youtube.
Por Catalina Gaete
Un país cargado de desilusión que aún alberga esperanzas de superación

Chile, el “jaguar de Latinoamérica”, es un país con más de dieciséis millones de habitantes, extendidos en una larga y angosta faja de tierra. Organizado bajo un régimen democrático y con un sistema neoliberal imperando en la economía; un sistema que nos acercó al 6% de crecimiento, durante el año 2004, impulsado principalmente por los altos precios del cobre y otras exportaciones. Así se nos ha dado esta mítica designación felina en Sudamérica, pero que esconde serias desigualdades en la distribución de ingresos y en la conformación social.

Mientras crecíamos a pasos agigantados y los rostros de empresarios y exportadores esbozaban amplias sonrisas, las remuneraciones de los empleados y trabajadores no aumentaban –a pesar de la bonanza económica- posicionando a Chile como una de las economías más desiguales del mundo, según el índice de Gini, el cual mide las distribuciones de ingresos en cada país con una nota de cero a cien. Cero indica una sociedad totalmente igualitaria y cien una de extrema desigualdad. Chile está ubicado en un coeficiente 58, el segundo país más desigual en Latinoamérica, sólo después de Brasil (59).

Nuestra sociedad está segmentada en una escala socioeconómica que nos ubica según nuestras propiedades, estudios y profesiones, viendo la pobreza absoluta en el extremo inferior, la amplia y conocida clase media, precisamente, en la mitad y las adineradas clases altas en el extremo superior.

Este panorama de desigualdad social se ve acrecentado en periodos como el que hoy vivimos. Estamos ante una crisis que ya ha declarado a la economía estadounidense en recesión, con serias consecuencias –hoy y en años venideros- para los países que dependen de ella. Chile depende de esta resentida economía y la crisis nos ha otorgado una inflación que bordea el 9% anual. Las empresas exportadoras que tenían a Estados Unidos como principal comprador, han disminuido sus logros comerciales, traduciendo esto en despidos masivos de trabajadores. Es decir, ya no sólo las empresas tienen menos utilidades –por lo tanto remuneraciones más frágiles- sino que, como “solución”, despiden a sus trabajadores en medio de la crisis económica.


Ante esto, ¿podemos preguntarnos por el concepto de Movilidad Social? Concepto que se relaciona a la igualdad de oportunidades, en el sentido de que todos los individuos, independientemente de su herencia social -por ejemplo el ingreso o la educación de sus padres- tengan las mismas probabilidades, en correspondencia a su esfuerzo, para alcanzar sus objetivos. Si bien, Chile es uno de los países con mayor desigualdad, también es uno de los pocos países en Sudamérica con altas cifras de movilidad social.

Definitivamente, estamos lejos de las sociedades feudales, fuertemente estamentadas, donde nacer mendigo o burgués, significaba morir de la misma forma; ni hablar de superación o emprendimiento para los hijos o los nietos. Esas lejanas realidades se ven reflejadas en nuestra sociedad, con lo que hoy conocemos como movilidad social, la cual no se mide de un año a otro, sino que es un estudio generacional. Los quintiles, índices que segmentan a los hogares chilenos por ingresos per cápita, serán la forma de evidenciar la movilidad social: si una familia se mantiene en un mismo quintil, durante más de diez años, podremos concluir que no ha habido movilidad social. Si se asciende o desciende en esta escala, el proceso de movilidad se está llevando a cabo en nuestra sociedad.

Aunque para algunos cueste entenderlo y si bien es un trabajo difícil, lleno de sueños y perseverancia, los chilenos podemos ascender socialmente, incluso cuando las condiciones no nos favorecen y el futuro es poco auspicioso.

En efecto, según la encuesta social CASEN, un 54,84% de los pobres de 1996 no son pobres en el 2001, y el 11,36% de los que no son pobres en el 1996 son pobres el 2001. Este resultado indica que existe un grupo importante en torno a la línea de la pobreza que es altamente vulnerable. Es decir, hay movilidad social tanto hacia adentro como también hacia fuera de la pobreza. La dinámica descrita se ve reflejada en la disminución del porcentaje de pobres a nivel global entre el período evaluado: de 22,36% en 1996 a 18,92% en el 2001.

Entonces, la movilidad social en Chile sí existe. Algo que podemos evidenciar no sólo a través de cifras y estudios, sino que con ejemplos cotidianos y cercanos a nuestras propias realidades. Victoria Salgado es un ejemplo de esos que inspiran a creer en esta posibilidad. Una consultora y conferencista internacional proveniente del extremo inferior de la escala socioeconómica, que sin estudios ni títulos ni postgrados, enseña y entrega sus habilidades a empresarios y gerentes del mundo. Un ejemplo que logra constatar que la movilidad social en Chile es un trabajo difícil, donde las oportunidades no se encuentran: se buscan. Sólo así se logra la superación de la desigualdad; con esfuerzo, autosuficiencia, independencia, seguridad y el más puro espíritu emprendedor.
Los vacíos legales que permiten a supermercados despojarse de nuestra seguridad

Por Catalina Gaete
Es fin de mes, y los supermercados con mayor participación comercial en nuestro país – Jumbo, Lider, Santa Isabel y Unimarc, entre otros- se llenan de personas manejando un pequeño, pero desbordante carro de mercadería. Los estacionamientos, que antes eran la plataforma perfecta para un aprendiz de conductor, ahora se vuelven intransitables. Cada fin de mes presenciamos este panorama. Sin embargo, durante el resto de los días, estos supermercados cuentan con 150 millones de clientes al año, aproximadamente.
Es incuestionable la efectividad de este creciente mercado y de estas compañías, las que han desplazando las tiendas y pequeños almacenes de barrio, con su amplia gama de variados productos, promociones y ofertas.
Los lugares donde comprar mercadería para el hogar ya no se encuentran en las esquinas de nuestros casas como lo era, en gran parte del país, hasta fines de la década de los setenta. Ahora, los pequeños almacenes son grandes distribuidoras que se han alejado de los vecinos para establecerse en posiciones estratégicas donde captar más consumidores. En esta característica de los supermercados radica la importancia de los estacionamientos; un “supuesto servicio complementario” que, inferíamos gracias a la publicidad que los promocionan, eran parte de la transacción comercial hecha dentro del local.
Eso es algo que, entre tanto cliente diario, se entendía y se infería como tal. Por esto a nosotros, como clientes también, nos sorprendían los carteles que anunciaban que “Supermercados Jumbo –por ejemplo- no se harán responsables por robos o pérdidas dentro de los estacionamientos”. Mayor fue nuestra sorpresa al comprobar que estos carteles no mentían.
Efectivamente, la ley del consumidor no es explícita en cuanto a esta responsabilidad de las instituciones prestadoras de servicio. Ninguna de sus cláusulas o artículos especifican cómo y qué hacer ante una pérdida o un robo en un estacionamiento o al interior de algún local comercial. La ley no logró esclarecer este misterio, por lo que recurrimos al mismo Servicio Nacional del Consumidor (SERNAC).
Viviana Morales es asesora, a nivel comunal, del SERNAC. En su oficina de atención a consumidores, ubicada en la comuna de Las Condes, nos cuenta sobre esta supuesta responsabilidad de los supermercados ante robos o pérdidas; responsabilidad que socialmente era algo obvio y seguro, pero que no se ha plasmado en la legalidad.
“La ley del consumidor, en su primer capítulo señala que, dentro de los derechos de los consumidores, hay algo que podría interpretarse relacionado con la responsabilidad de los establecimientos ante estas situaciones: el derecho de seguridad en el consumo”, declara Viviana Morales. Es decir, y como primera aclaración, no existe nada especificado en cuanto a este tema; todo está en manos de una interpretación de la ley. “Se puede entender que este artículo incluye la seguridad en el establecimiento, pero es algo que no está claro, tampoco. Si a mi me asaltan en el supermercado, generalmente el supermercado no va a responder, aunque hayan guardias o cámaras de vigilancia, ya que el establecimiento diga que éstos son para seguridad del mismo local, y no para seguridad de los consumidores”, asegura esta asesora de SERNAC.
Entonces, si la ley debe ser interpretada, ¿Qué organismo o entidad está encargada de la interpretación de la ley? Pues, la justicia. “Los derechos se ejercen en los tribunales. La ley del consumidor no considera delitos, sino que infracciones. Si un consumidor declara en los juzgados de policía local empleando el término robo, ya constituye una denuncia mal planteada”, asegura Viviana Morales.
Ante la ausencia de una ley más clara y específica en torno a este tema, queda bajo los criterios de los jueces encargados de cada caso la decisión que constituiría o no a los estacionamientos como parte del servicio otorgado por supermercados a sus cientos de consumidores, los que al fin y al cabo, sí efectúan una transacción comercial y deben considerarse como una prestación de servicios.
Pero antes de que uno de estos casos llegue en manos de los tribunales, el paso obvio e ineludible es denunciar. “Hay que reclamar y denunciar, ya que es la única manera de tomar acciones, a nivel de consumidor, y acciones a nivel legal. Por lo tanto se debe reclamar. Si no resulta el reclamo ante el establecimiento, ir a tribunales y aducir que se entiende a los estacionamientos como parte del servicio que prestan los supermercados, pero debe hacerse en tribunales, no en las oficinas del SERNAC”, es la sugerencia que hace Viviana Morales a los consumidores que se vean involucrados en una situación como esta.
Así es. SERNAC es un organismo que cumple la función de orientar, informar, educar y mediar ante un conflicto. “Para que una mediación resulte, se necesita el acuerdo de las dos partes involucradas. Si una de las partes dice que no, es no”.
Efectivamente y como hemos comprobado, los carteles presentes en cada estacionamiento de supermercados, que desligan a estas empresas de algún compromiso para con el consumidor, no estaban lejos de la verdad. Un robo es un delito, lo cual no es considerado por la Ley del Consumidor y ante la ausencia de normas explícitas en torno al tema, estas empresas pueden desvincularse de su responsabilidad asegurando, simplemente, que no era parte del servicio.
Por esto Viviana Morales invita a informarse con SERNAC. A enfrentar una denuncia de este tipo de una forma correcta –por medio del argumento de una mala prestación de servicios- y evitando mencionar que se ha cometido un delito. El SERNAC mediará con el departamento de seguridad del supermercado, gerencia etc., y eventualmente otorgará apoyo legal al consumidor demandante; eventualmente, pues según Viviana Morales, el personal no es suficiente para representarlos a todos.
Sin embargo, las denuncias de este tipo han aumentado, ya que día a día los jueces han flexibilizado sus criterios en torno a los servicios que componen un supermercado. “Antes no existían sentencias que le dieran la razón al consumidor. Ahora hay. Pero todo parte del él, quien debe venir a recibir orientación a SERNAC, organismo que no puede jugar un rol más determinante que el que ya ostenta”.
Esperamos que estas ausencias legales se solucionen antes de que los supermercados acuerden nuevas estrategias para evitar asumir sus responsabilidades con los consumidores, como las que se han aplicado en Malls de la zona oriente, que han comenzado a cobrar sus estacionamientos, solucionando el problema de manera legítima, acorde a la Ley del Consumidor, pero que afectaría a nuestros ya adoloridos bolsillos después de unas cuantas compras.

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Posted by Sofía under
las weas shuper shociales van aki xD