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La farándula

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Por Francisca Mena
Hace aproximadamente diez años, el periodismo de espectáculos en Chile fue tomando el cauce natural que en otros países como España e Inglaterra ya había tomando: la farándula. Muchos periodistas comentan que, diez años atrás, cuando no habían programas de televisión como S.Q.P. o Mira quien habla, realmente se enfrentaron a un dilema ético al preguntarse si debían o no publicar que Daniela Campos (en ese tiempo cuarta Miss Mundo) y Titi Aubert (¿?) se mechonearon escandalosamente en una discotes de la capital a causa de uno de los mayores ídolos futbolísticos de la época: Iván Zamorano.

Sin embargo, ese episodio fue sólo el comienzo de un largo camino: modelos, futbolistas, cantantes, animadores, y cuanta persona estuviese dispuesta, tiene actualmente la oportunidad de vivir su minuto de fama gracias a este ítem del periodismo. Aunque el costo muchas veces es superior a los beneficios obtenidos: la intromisión a la vida privada es el más común de los pecados en el mundo farandulero, además de ganarse un análisis de tu vida de parte de gente que no te conoce, como los nunca bien ponderados opinólogos.

Pero ¿es la farándula una lacra para el periodismo? ¿Para la sociedad? ¿Para las personas? ¿Qué le interesa a la gente saber qué hizo Pamela Díaz? ¿Merecen tener un diario cómo Las Últimas Noticias donde su eje central son las noticias de farándula y tendencias? Pues yo creo que sí. La farándula posee un elemento democratizador ante la sociedad y sobretodo ante los lectores: por un lado, no es necesario saber de geografía ni economía, ni de nada; sólo tener un poco de tiempo para ver quienes son y qué hacen los protagonistas las noticias. Para un país con desigualdades educacionales tan grandes como el nuestro, el hecho de que toda la gente tenga la posibilidad de entender e interesarse por el mismo ámbito (aunque sea así de banal) ya es todo un logro.


Y por otro, ofrece la posibilidad de ver a la “gente famosa” en situaciones poco glamorosas. Es como la posibilidad de tener un circo romano o humanizar a los dioses del olimpo griego, viéndolos llorar, mostrar guaguas, sacarse fotos piluchos, casarse y separarse en vivo y en directo como si ese fuese el precio de gastar cantidades groseras de dinero en cremas, extensiones, operaciones, casas, ropa y autos que están absolutamente fuera del alcance de la gente común y corriente y que incluso a veces supera con creces varios sueldos mínimos.

Aunque no siempre estoy de acuerdo con los tratamientos que se les dan a las noticias (el Pokemon violador, por ejemplo) creo que es interesante el fenómeno desde el punto de vista de que puedes comenzar hablando de líos entre modelos y futbolistas, entre animadores, entre actrices y actores, pero esos mismos problemas hablan a veces de dilemas valóricos que pueden ser discutidos con altura de miras y que no se quedan solamente entre los protagonistas sino que se pueden aplicar a la vida de cualquiera: en la casa, en la oficina.

Los problemas se repiten, y los programas de farándula nos demuestran que no importa cuán famosos seamos, cuanto dinero tengamos, sino que por el contrario, son un ejercicio de humanización no sólo para quien lo ve y lo comenta, sino para el que lo vive y lo sufre.