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La farándula

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Por Francisca Mena
Hace aproximadamente diez años, el periodismo de espectáculos en Chile fue tomando el cauce natural que en otros países como España e Inglaterra ya había tomando: la farándula. Muchos periodistas comentan que, diez años atrás, cuando no habían programas de televisión como S.Q.P. o Mira quien habla, realmente se enfrentaron a un dilema ético al preguntarse si debían o no publicar que Daniela Campos (en ese tiempo cuarta Miss Mundo) y Titi Aubert (¿?) se mechonearon escandalosamente en una discotes de la capital a causa de uno de los mayores ídolos futbolísticos de la época: Iván Zamorano.

Sin embargo, ese episodio fue sólo el comienzo de un largo camino: modelos, futbolistas, cantantes, animadores, y cuanta persona estuviese dispuesta, tiene actualmente la oportunidad de vivir su minuto de fama gracias a este ítem del periodismo. Aunque el costo muchas veces es superior a los beneficios obtenidos: la intromisión a la vida privada es el más común de los pecados en el mundo farandulero, además de ganarse un análisis de tu vida de parte de gente que no te conoce, como los nunca bien ponderados opinólogos.

Pero ¿es la farándula una lacra para el periodismo? ¿Para la sociedad? ¿Para las personas? ¿Qué le interesa a la gente saber qué hizo Pamela Díaz? ¿Merecen tener un diario cómo Las Últimas Noticias donde su eje central son las noticias de farándula y tendencias? Pues yo creo que sí. La farándula posee un elemento democratizador ante la sociedad y sobretodo ante los lectores: por un lado, no es necesario saber de geografía ni economía, ni de nada; sólo tener un poco de tiempo para ver quienes son y qué hacen los protagonistas las noticias. Para un país con desigualdades educacionales tan grandes como el nuestro, el hecho de que toda la gente tenga la posibilidad de entender e interesarse por el mismo ámbito (aunque sea así de banal) ya es todo un logro.


Y por otro, ofrece la posibilidad de ver a la “gente famosa” en situaciones poco glamorosas. Es como la posibilidad de tener un circo romano o humanizar a los dioses del olimpo griego, viéndolos llorar, mostrar guaguas, sacarse fotos piluchos, casarse y separarse en vivo y en directo como si ese fuese el precio de gastar cantidades groseras de dinero en cremas, extensiones, operaciones, casas, ropa y autos que están absolutamente fuera del alcance de la gente común y corriente y que incluso a veces supera con creces varios sueldos mínimos.

Aunque no siempre estoy de acuerdo con los tratamientos que se les dan a las noticias (el Pokemon violador, por ejemplo) creo que es interesante el fenómeno desde el punto de vista de que puedes comenzar hablando de líos entre modelos y futbolistas, entre animadores, entre actrices y actores, pero esos mismos problemas hablan a veces de dilemas valóricos que pueden ser discutidos con altura de miras y que no se quedan solamente entre los protagonistas sino que se pueden aplicar a la vida de cualquiera: en la casa, en la oficina.

Los problemas se repiten, y los programas de farándula nos demuestran que no importa cuán famosos seamos, cuanto dinero tengamos, sino que por el contrario, son un ejercicio de humanización no sólo para quien lo ve y lo comenta, sino para el que lo vive y lo sufre.


Por Oriana Miranda
Recuerdo a mi mamá diciéndome “cuando yo me muera y me vaya al cielo, y Dios me pregunte: Ximena, ¿por qué tomaste pastillas anticonceptivas?, yo le diré, pucha Dios, perdona, pero es que no podía tener más hijos...” ¿Será ésta una duda generalizada entre las mujeres católicas? ¿Será efectivamente impedimento para la vida eterna?

La anticoncepción es inmediatamente calificada por la facción más conservadora de la Iglesia Católica como pecado grave, sin importar si es practicada dentro de un matrimonio (cabe asumir que menos aún en relaciones pre maritales) o las razones que éste pueda tener para decidir retrasar o impedir la llegada de los hijos.

“Diversos documentos de Juan Pablo II han enseñado de modo uniforme que la anticoncepción es siempre materia de pecado grave”, explica el sacerdote Juan Hernández, de 58 años.

En la encíclica Familiaris Consortio, del Papa polaco, se señala que “cuando los esposos, mediante el recurso a la anticoncepción, se comportan como árbitros del designio divino; manipulan y envilecen la sexualidad humana, y con ella la propia persona del cónyuge, alterando su valor de donación total. Así, al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, la anticoncepción impone un lenguaje objetivamente contradictorio; el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal.”

Pero dentro de la misma Iglesia, se pueden encontrar voces que aportan nuevos matices a una discusión que ha debido adaptarse a los tiempos en los que vivimos, donde la tasa de natalidad se ha estancado, incluso ha disminuido, en el segmento tradicional de las mujeres entre 25 y 35 años, y se ha disparado entre las adolescentes.

Rodrigo Bastías, sacerdote de 30 años de edad, asegura que, si bien no es aconsejable el uso de anticonceptivos y es preferible la planificación natural de la familia, “es aceptable su uso responsable para el control de natalidad”, es decir, “manteniendo pareja única y no confundiendo libertad con libertinaje”.

Entonces, parece ser que la respuesta para mi mamá y para tantas otras mujeres, es que si la iglesia está dividida, la decisión es exclusivamente de ellas, y que va a depender de lo fervientemente religiosas que sean y de la manera en que viven su sexualidad.
Por Catalina Gaete
La Educación Técnico y Profesional en Chile se remonta a mediados del siglo XIX, cuando Manuel Bulnes funda oficialmente la Escuela de Artes y Oficios, en 1849. La creación de este establecimiento educacional responde a la creciente necesidad de impartir enseñanza técnica; una necesidad que proviene de la anticipación de los gobiernos de esa época a la fuerte industrialización que viviría el país, entrando en el siglo XX. Como también, representaba una oportunidad ideal para cientos de jóvenes que no conseguían (siquiera intentaban) ingresar a la educación impartida por las Universidades de Chile y Católica. Así se intentaba reducir la desigualdad social y se otorgaba conocimientos y opciones de empleo a muchos jóvenes.

Desde el 2006 hasta el presente año, los estudiantes secundarios y universitarios se han encargado de posicionar los problemas que aquejan al sistema educacional en Chile, generando conciencia y cuestionamientos de la sociedad sobre la materia.

Sin embargo, la Educación Técnica y Profesional, importante y complejo sector educacional, ha sido escasamente abordada por estas movilizaciones. Educación que hoy alberga a más de 400 mil estudiantes

Por esto, reconsiderar y volver a discutir los beneficios y desventajas de éste sistema educacional, anexo al tradicional, debe ser una necesidad. Un tema que debe ser abordado, principalmente, porque se ha comprobado, de acuerdo a la experiencia extranjera, que para un mayor y más equilibrado desarrollo económico y social del país, la fuerza laboral no debe estar integrada sólo por profesionales de nivel superior, sino equilibrada entre éstos y los profesionales de nivel técnico.

Ya en pleno siglo XX, los estudiantes de estas escuelas técnicas aspiraban a que sus instituciones se transformaban en universidades; aspiraciones que fueron finalmente concretadas en 1947 por el presidente Gabriel González Videla, quien funda, sobre las antiguas bases de la Escuela de Artes y Oficios, la Universidad Técnica del Estado.

Con la creación de la que actualmente es la Universidad de Santiago (USACH), las bases técnicas de esta antigua escuela fueron finalmente transformadas y dirigidas hacia la educación secundaria, respondiendo a la misma necesidad que imperaba a fines del siglo XIX, pero acentuando estos requerimientos en la desigualdad social y la falta de empleo.

Los alumnos de Colegios Técnicos y Profesionales, actualmente, son estudiantes que gozan de la seguridad que un título profesional les otorga, teniendo, en promedio, solo 18 años. Siendo, tan jóvenes, un sustento económico para sus familias y comenzando su carrera laboral con mayor anticipación que alumnos de la educación tradicional.

Son las ventajas de un sistema que, de todas formas está mal regulado. Las enseñanzas que reciben los estudiantes, al interior de estos establecimientos, están escasamente normadas por el Ministerio de Educación y otros organismos gubernamentales.

Las expectativas laborales de las especialidades que se imparten son evaluadas por el mismo establecimiento, a pesar de la existencia de una comisión ministerial que, supuestamente, debe acreditar estas profesiones anualmente. Sin embargo, la comisión no realiza trabajo en terreno, no evalúa la competencia de los docentes y sólo exige, cada año, un correcto perfil de egreso.

La destituida ministra de educación, Yasna Provoste, lideró algunos acuerdos en materia técnico-profesional, reforzando las relaciones entre este tipo de instituciones y el mundo empresarial, a través de acuerdos en prácticas y formación, pero desatendiendo el nivel de la calidad en la enseñanza y su fiscalización.

Pero, atendiendo a las facilidades económicas y educacionales que presentan algunos centros de formación técnica, institutos profesionales y universidades, y a las mayores oportunidades que hoy presenta nuestra sociedad, en comparación con el siglo pasado, aún prevalece en nuestra sociedad la convicción de que la educación técnico profesional es totalmente necesaria y se justifica su existencia debido a las competencias empresariales que genera en los jóvenes a tan temprana edad y a la formación comercial o industrial alcanzada de manera anticipada. ¿Es esto realidad? ¿Se justifica aún la existencia de la educación técnico profesional en Chile?

Como se mencionó anteriormente, la educación ofrecida por estos colegios es precariamente fiscalizada, tanto la enseñanza técnica, como la que corresponde a las materias científicas y humanistas. Las horas en que los alumnos aprenden matemáticas, ciencias, historia, lenguaje e ingles, son escasas, siendo, generalmente, sólo tres horas semanales para cada uno de estos ramos, ya que priorizan la educación técnica, en ramos como “Comercio Electrónico” (en la especialidad de ventas), donde, durante cinco horas semanales, les enseñan a los alumnos a hacer sitios virtuales y a manejar transacciones comerciales vía Internet.

La formación de estos alumnos es superior en ramos técnicos, comerciales e industriales, evidentemente, a los que dedican un mínimo de 26 horas semanales. Sin embargo, la enseñanza tradicional es de incuestionable necesidad y debe ser ineludible para todas las instituciones educacionales. Son los conocimientos y competencias que si bien, no serán parte del curriculum que el alumno egresado presentará ante una empresa, serán la base para cualquier actividad que el estudiante quiera emprender, incluyendo la práctica laboral.

Hoy, las oportunidades de acceder a la educación superior son, sin duda, mayores que las opciones existentes en épocas anteriores. Los créditos estatales, becas de excelencia académica o las becas otorgadas según nivel socioeconómico abren las puertas a todas esas familias que vieron en las escuelas técnicas y profesionales la única oportunidad que tenían sus hijos para emprender. Hoy, éstos jóvenes tienen la ocasión de complementar su educación técnica secundaria con la educación superior y aspirar a cielos más altos.

No podemos negar los beneficios y ventajas que presenta este tipo de educación, por lo tanto aún se justifica su utilidad. Sólo un 10,5% de nuestros trabajadores corresponden al sector técnico profesional; un bajo porcentaje comparado con el 32,6% de Finlandia, un país del primer mundo, que debe, en parte, su audaz desarrollo a esta gran fuerza laboral técnica. En Chile, más de 400 mil alumnos reciben formación técnico profesional, en la actualidad, los que apenas egresan de este nivel intermedio, engrosan los porcentajes de trabajadores técnicos en nuestro país –junto a los egresados de Centros de Formación Técnica e Institutos Profesionales-, por lo que son cifras que no deben ser disminuidas

Estos estudiantes, en su mayoría (más de la mitad), ejercen y trabajan gracias a su formación técnica, para posteriormente -un número más reducido de estos estudiantes- ingresar a la especialización de su formación en la educación superior.

Por estas aspiraciones de, por lo menos, un tercio de los egresados de instituciones técnicas, se debe evitar que éstas caigan en la burda creencia de que esos jóvenes no necesitan saber de procesos históricos, o que no necesiten saber matemáticas más que para cuadrar el balance general en contabilidad. Se requiere mayor regulación en las materias y ramos que se imparten, tanto en el sector técnico, como en el tradicional, para que la fusión de ambas áreas potencie al estudiante, evitando que se vea perjudicado por la maximización de una y la ausencia de la otra.

Pero, definitivamente, y anticipándonos a los nuevos desafíos que nos depara nuestro sistema económico, es totalmente pertinente, según las estadísticas analizadas y las realidades contrastadas, la existencia de este sistema educacional alternativo, que no sólo le otorga oportunidades a miles de jóvenes, sino que además, nos cerca de estándares de producción mundial, lo que esperamos, se traduzca en un mayor desarrollo económico y social, y por supuesto, más equitativo.
Por Catalina Gaete
Un país cargado de desilusión que aún alberga esperanzas de superación

Chile, el “jaguar de Latinoamérica”, es un país con más de dieciséis millones de habitantes, extendidos en una larga y angosta faja de tierra. Organizado bajo un régimen democrático y con un sistema neoliberal imperando en la economía; un sistema que nos acercó al 6% de crecimiento, durante el año 2004, impulsado principalmente por los altos precios del cobre y otras exportaciones. Así se nos ha dado esta mítica designación felina en Sudamérica, pero que esconde serias desigualdades en la distribución de ingresos y en la conformación social.

Mientras crecíamos a pasos agigantados y los rostros de empresarios y exportadores esbozaban amplias sonrisas, las remuneraciones de los empleados y trabajadores no aumentaban –a pesar de la bonanza económica- posicionando a Chile como una de las economías más desiguales del mundo, según el índice de Gini, el cual mide las distribuciones de ingresos en cada país con una nota de cero a cien. Cero indica una sociedad totalmente igualitaria y cien una de extrema desigualdad. Chile está ubicado en un coeficiente 58, el segundo país más desigual en Latinoamérica, sólo después de Brasil (59).

Nuestra sociedad está segmentada en una escala socioeconómica que nos ubica según nuestras propiedades, estudios y profesiones, viendo la pobreza absoluta en el extremo inferior, la amplia y conocida clase media, precisamente, en la mitad y las adineradas clases altas en el extremo superior.

Este panorama de desigualdad social se ve acrecentado en periodos como el que hoy vivimos. Estamos ante una crisis que ya ha declarado a la economía estadounidense en recesión, con serias consecuencias –hoy y en años venideros- para los países que dependen de ella. Chile depende de esta resentida economía y la crisis nos ha otorgado una inflación que bordea el 9% anual. Las empresas exportadoras que tenían a Estados Unidos como principal comprador, han disminuido sus logros comerciales, traduciendo esto en despidos masivos de trabajadores. Es decir, ya no sólo las empresas tienen menos utilidades –por lo tanto remuneraciones más frágiles- sino que, como “solución”, despiden a sus trabajadores en medio de la crisis económica.


Ante esto, ¿podemos preguntarnos por el concepto de Movilidad Social? Concepto que se relaciona a la igualdad de oportunidades, en el sentido de que todos los individuos, independientemente de su herencia social -por ejemplo el ingreso o la educación de sus padres- tengan las mismas probabilidades, en correspondencia a su esfuerzo, para alcanzar sus objetivos. Si bien, Chile es uno de los países con mayor desigualdad, también es uno de los pocos países en Sudamérica con altas cifras de movilidad social.

Definitivamente, estamos lejos de las sociedades feudales, fuertemente estamentadas, donde nacer mendigo o burgués, significaba morir de la misma forma; ni hablar de superación o emprendimiento para los hijos o los nietos. Esas lejanas realidades se ven reflejadas en nuestra sociedad, con lo que hoy conocemos como movilidad social, la cual no se mide de un año a otro, sino que es un estudio generacional. Los quintiles, índices que segmentan a los hogares chilenos por ingresos per cápita, serán la forma de evidenciar la movilidad social: si una familia se mantiene en un mismo quintil, durante más de diez años, podremos concluir que no ha habido movilidad social. Si se asciende o desciende en esta escala, el proceso de movilidad se está llevando a cabo en nuestra sociedad.

Aunque para algunos cueste entenderlo y si bien es un trabajo difícil, lleno de sueños y perseverancia, los chilenos podemos ascender socialmente, incluso cuando las condiciones no nos favorecen y el futuro es poco auspicioso.

En efecto, según la encuesta social CASEN, un 54,84% de los pobres de 1996 no son pobres en el 2001, y el 11,36% de los que no son pobres en el 1996 son pobres el 2001. Este resultado indica que existe un grupo importante en torno a la línea de la pobreza que es altamente vulnerable. Es decir, hay movilidad social tanto hacia adentro como también hacia fuera de la pobreza. La dinámica descrita se ve reflejada en la disminución del porcentaje de pobres a nivel global entre el período evaluado: de 22,36% en 1996 a 18,92% en el 2001.

Entonces, la movilidad social en Chile sí existe. Algo que podemos evidenciar no sólo a través de cifras y estudios, sino que con ejemplos cotidianos y cercanos a nuestras propias realidades. Victoria Salgado es un ejemplo de esos que inspiran a creer en esta posibilidad. Una consultora y conferencista internacional proveniente del extremo inferior de la escala socioeconómica, que sin estudios ni títulos ni postgrados, enseña y entrega sus habilidades a empresarios y gerentes del mundo. Un ejemplo que logra constatar que la movilidad social en Chile es un trabajo difícil, donde las oportunidades no se encuentran: se buscan. Sólo así se logra la superación de la desigualdad; con esfuerzo, autosuficiencia, independencia, seguridad y el más puro espíritu emprendedor.
Los vacíos legales que permiten a supermercados despojarse de nuestra seguridad

Por Catalina Gaete
Es fin de mes, y los supermercados con mayor participación comercial en nuestro país – Jumbo, Lider, Santa Isabel y Unimarc, entre otros- se llenan de personas manejando un pequeño, pero desbordante carro de mercadería. Los estacionamientos, que antes eran la plataforma perfecta para un aprendiz de conductor, ahora se vuelven intransitables. Cada fin de mes presenciamos este panorama. Sin embargo, durante el resto de los días, estos supermercados cuentan con 150 millones de clientes al año, aproximadamente.
Es incuestionable la efectividad de este creciente mercado y de estas compañías, las que han desplazando las tiendas y pequeños almacenes de barrio, con su amplia gama de variados productos, promociones y ofertas.
Los lugares donde comprar mercadería para el hogar ya no se encuentran en las esquinas de nuestros casas como lo era, en gran parte del país, hasta fines de la década de los setenta. Ahora, los pequeños almacenes son grandes distribuidoras que se han alejado de los vecinos para establecerse en posiciones estratégicas donde captar más consumidores. En esta característica de los supermercados radica la importancia de los estacionamientos; un “supuesto servicio complementario” que, inferíamos gracias a la publicidad que los promocionan, eran parte de la transacción comercial hecha dentro del local.
Eso es algo que, entre tanto cliente diario, se entendía y se infería como tal. Por esto a nosotros, como clientes también, nos sorprendían los carteles que anunciaban que “Supermercados Jumbo –por ejemplo- no se harán responsables por robos o pérdidas dentro de los estacionamientos”. Mayor fue nuestra sorpresa al comprobar que estos carteles no mentían.
Efectivamente, la ley del consumidor no es explícita en cuanto a esta responsabilidad de las instituciones prestadoras de servicio. Ninguna de sus cláusulas o artículos especifican cómo y qué hacer ante una pérdida o un robo en un estacionamiento o al interior de algún local comercial. La ley no logró esclarecer este misterio, por lo que recurrimos al mismo Servicio Nacional del Consumidor (SERNAC).
Viviana Morales es asesora, a nivel comunal, del SERNAC. En su oficina de atención a consumidores, ubicada en la comuna de Las Condes, nos cuenta sobre esta supuesta responsabilidad de los supermercados ante robos o pérdidas; responsabilidad que socialmente era algo obvio y seguro, pero que no se ha plasmado en la legalidad.
“La ley del consumidor, en su primer capítulo señala que, dentro de los derechos de los consumidores, hay algo que podría interpretarse relacionado con la responsabilidad de los establecimientos ante estas situaciones: el derecho de seguridad en el consumo”, declara Viviana Morales. Es decir, y como primera aclaración, no existe nada especificado en cuanto a este tema; todo está en manos de una interpretación de la ley. “Se puede entender que este artículo incluye la seguridad en el establecimiento, pero es algo que no está claro, tampoco. Si a mi me asaltan en el supermercado, generalmente el supermercado no va a responder, aunque hayan guardias o cámaras de vigilancia, ya que el establecimiento diga que éstos son para seguridad del mismo local, y no para seguridad de los consumidores”, asegura esta asesora de SERNAC.
Entonces, si la ley debe ser interpretada, ¿Qué organismo o entidad está encargada de la interpretación de la ley? Pues, la justicia. “Los derechos se ejercen en los tribunales. La ley del consumidor no considera delitos, sino que infracciones. Si un consumidor declara en los juzgados de policía local empleando el término robo, ya constituye una denuncia mal planteada”, asegura Viviana Morales.
Ante la ausencia de una ley más clara y específica en torno a este tema, queda bajo los criterios de los jueces encargados de cada caso la decisión que constituiría o no a los estacionamientos como parte del servicio otorgado por supermercados a sus cientos de consumidores, los que al fin y al cabo, sí efectúan una transacción comercial y deben considerarse como una prestación de servicios.
Pero antes de que uno de estos casos llegue en manos de los tribunales, el paso obvio e ineludible es denunciar. “Hay que reclamar y denunciar, ya que es la única manera de tomar acciones, a nivel de consumidor, y acciones a nivel legal. Por lo tanto se debe reclamar. Si no resulta el reclamo ante el establecimiento, ir a tribunales y aducir que se entiende a los estacionamientos como parte del servicio que prestan los supermercados, pero debe hacerse en tribunales, no en las oficinas del SERNAC”, es la sugerencia que hace Viviana Morales a los consumidores que se vean involucrados en una situación como esta.
Así es. SERNAC es un organismo que cumple la función de orientar, informar, educar y mediar ante un conflicto. “Para que una mediación resulte, se necesita el acuerdo de las dos partes involucradas. Si una de las partes dice que no, es no”.
Efectivamente y como hemos comprobado, los carteles presentes en cada estacionamiento de supermercados, que desligan a estas empresas de algún compromiso para con el consumidor, no estaban lejos de la verdad. Un robo es un delito, lo cual no es considerado por la Ley del Consumidor y ante la ausencia de normas explícitas en torno al tema, estas empresas pueden desvincularse de su responsabilidad asegurando, simplemente, que no era parte del servicio.
Por esto Viviana Morales invita a informarse con SERNAC. A enfrentar una denuncia de este tipo de una forma correcta –por medio del argumento de una mala prestación de servicios- y evitando mencionar que se ha cometido un delito. El SERNAC mediará con el departamento de seguridad del supermercado, gerencia etc., y eventualmente otorgará apoyo legal al consumidor demandante; eventualmente, pues según Viviana Morales, el personal no es suficiente para representarlos a todos.
Sin embargo, las denuncias de este tipo han aumentado, ya que día a día los jueces han flexibilizado sus criterios en torno a los servicios que componen un supermercado. “Antes no existían sentencias que le dieran la razón al consumidor. Ahora hay. Pero todo parte del él, quien debe venir a recibir orientación a SERNAC, organismo que no puede jugar un rol más determinante que el que ya ostenta”.
Esperamos que estas ausencias legales se solucionen antes de que los supermercados acuerden nuevas estrategias para evitar asumir sus responsabilidades con los consumidores, como las que se han aplicado en Malls de la zona oriente, que han comenzado a cobrar sus estacionamientos, solucionando el problema de manera legítima, acorde a la Ley del Consumidor, pero que afectaría a nuestros ya adoloridos bolsillos después de unas cuantas compras.
Por María José Gaona
Hoy ya no es un tabú ni tampoco un tema oculto el hablar de la discriminación hacia las minorías sexuales. En Chile hay un sinfín de agrupaciones que luchan por el respeto de los Derechos humanos de las llamadas minorías.
Un ejemplo de esto es el Movimiento Unificado de Minorías Sexuales (MUMS). Esta agrupación acoge a toda “personas lesbianas, gays, trans, bisexuales y de toda/o aquel que no se sienta representado por nuestra cultura heterosexista, patriarcal y machista, a través de un proceso de reflexión constante en torno a aquellos elementos del sistema cultural y legal que insiste en instalarnos en el lado de la anormalidad, un concepto históricamente construido desde la segregación y validación de la heterosexualidad como modelo único”.
Sin embargo, existe una minoría sexual la cual no es tomada en cuenta por dichas asociaciones y que también sufre del rechazo social. Estas personas son los célibes, es decir, no tienen pareja sexual ya sea hasta el matrimonio o para siempre.
El celibato es un tema poco común y es escaso lo que se conversa sobre este tema. Generalmente se asocia esta opción a los sacerdotes católicos y a monjas. La juventud se ve muy poco presente en este tema y aquellos que eligen tomar esta opción definitivamente no son mayoría y tampoco son representados por ningún tipo de asociación o movimiento específico.
Hay diversas creencias frente a la real ejecución de una vida sin sexo. Algunos creen que es una imposición de las religiones y muchos creen que físicamente no se puede llevar a cabo una vida sin calentura.
Silvia, cuyo apellido prefirió no publicar, tuvo una fuerte influencia religiosa a través de sus padres quienes son Testigos de Jehová. Ella es estudia en la universidad y va en segundo año. Ella tomó la decisión de ser célibe hasta el matrimonio y comenta que es difícil porque “uno lucha contra uno mismo”.
Cuando se le preguntó a Silvia sobre qué hacía cuando un hombre la “jotea” o si su pololo se “lo” pide, ella respondió que “Trato de no ponerme en esa situación. Por ejemplo, las veces que me han joteado no pesco y trato de ser directa, decir de inmediato que no estoy interesada. Nunca he llegado a pololear por lo mismo y la vez que lo haga va a ser con una persona que piense lo mismo que yo, bueno, eso si llega a pasar”.
Respecto a las tentaciones, el Padre católico Jordi Rivero explica que “Comprendo que para muchos el celibato sea incomprensible. La mayoría de las personas están llamadas al matrimonio, vocación más fácil de entender al nivel natural. El celibato no se puede entender sin una gracia especial sin la cual sólo se ve aquello a lo que se renuncia. Pero hay mucho más; se renuncia no para quedarse en el vacío sino porque Dios quiere unir nuestro corazón al suyo que es todo amor. Es por Él que renunciamos al deseo natural de tomar esposa y tener una familia propia.”
Alejandra Aburto, matrona, recalca que “El tener una vida sexual activa no es una condición biológica, es una decisión; no depende de las hormonas que las personas tengan actividades sexuales. Por ejemplo, hay mujeres por sobre los sesenta años que pasaron la menopausia y deciden tener sexo. En ese caso tampoco hay hormonas operando”.
De todos modos hay personas que creen que el sexo tiene una gran importancia en la felicidad y en la superación personal.
Emanuel, un joven devoto de Krishna, comenta que para él, el celibato es “una opción de pureza y que es una forma de dedicarle su vida a Dios por completo”. Si tuviera una pareja no podría dedicarle toda su vida a la espiritualidad, pues tendría que entregar una gran parte de sí a la relación. En cambio, Emanuel viaja por distintas partes entregando un mensaje espiritual.
Emanuel tiene suerte, todos sus amigos conocen su opción sexual y lo respetan mucho y por sobre todo, lo entienden. Silvia comenta que “… siempre hay discriminación, en todas partes y por todo tipo de cosas y en este caso puede ser que se concentre más en el círculo de personas (que no comparte la idea de mantenerse célibes hasta el matrimonio siquiera) que rodea a la persona célibe. No todas van a ser así, pero siempre va a ver gente que no va estar de acuerdo y llegue hasta discriminar a otros por ello.”
Silvia defiende el celibato pues “te ayuda a tener una conciencia limpia, o sea, por lo menos a mí. Siento que no podría decir que creo en Dios y sigo como el camino de lo que Él espera para nosotros si tuviera sexo fuera del matrimonio, aunque hay un montón de otros factores no tan sólo de índole sexual que tienen que ver en eso de mantener una conciencia limpia”.
Muchos creen también que para tener algún cargo en la Iglesia es obligatorio ser célibe, pues esta es más bien una obligación que una opción. Tanto Silvia como Emanuel manifestaron que esta decisión fue tomada libremente, pero que importó –en gran medida- de la crianza que sus padres tuvieron con ellos.
El Padre Jordi Rivero también desmiente esta creencia: “Es cierto que la jerarquía de la iglesia es célibe, pero hay diáconos casados y además hay muchos laicos con cargos en la Iglesia sin ser célibes. Además a nadie se le obliga a ser sacerdote ni a ser célibe. Escogimos y aceptamos libremente ser sacerdotes con todo lo que la Iglesia requiere para esa vocación”.
Es importante, de vez en cuando, traspasar la mirada común cuando se habla de minorías sexuales, pues el no optar por alguna sexualidad también es una opción de la cual poco se sabe, pero que a su vez, no es inexistente y abarca mucho más que sólo los sacerdotes y monjas.

Grandes Glorias del Pasado

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Por Sofía Brinck
Lota es, a primera vista, una ciudad como cualquiera del sur de Chile. Está compuesta por Lota alto y bajo, cuenta con un supermercado local, una plaza de armas, un par de restaurantes no muy bien cuidados y calles estrechas de adoquines, que uno puede recorrer y que transportan al pasado.
No parece haber nada especial en ella, pero en sus alrededores y con su gente se forjó una etapa muy importante de la historia nacional que fue fundamental en la economía y el desarrollo del país.
En Lota y sus alrededores se encuentran los más importantes yacimientos subterráneos carboníferos que hay en Chile, los cuales fueron explotados entre 1884 y 1997, siendo parte muy importante del crecimiento económico nacional. Además, la ciudad obtuvo renombre nacional con el libro de Baldomero Lillo, “Subterra”, el cual narraba la vida de los obreros en la mina y todas las penurias que soportaban día a día.
Pero las viejas glorias del carbón ya pasaron y en la actualidad, la ciudad trata de seguir adelante aunque el clima es adverso. Con una tasa de 12,6% de desempleo (la más alta en Chile junto a San Antonio y a Talcahuano según el último informe del INE), Lota busca la manera de resurgir y volver a ser el centro pujante y solvente que alguna vez fue.


Viejas batallitas en las profundidades

Aunque las minas cerraron hace ya muchos años, Lota sigue siendo relacionada exclusivamente con la industria del carbón. Aunque ya no bajan los mineros y el oro negro, como se le llamó algún día al mineral, ya no sale a la luz, las consecuencias del duro trato que recibían los trabajadores y las paupérrimas condiciones en que operaban siguen estando visibles y causando estragos en aquellos que alguna vez bajaron cada día a la mina y ésta cobró su precio.
En el tiempo en que las excavaciones bullían diariamente de actividad, las cosas tampoco favorecían mucho a los mineros, los que trabajaban en condiciones muy precarias y bajo un régimen explotador. Las horas de trabajo eran de sol a sol y empezaban a contar cuando el trabajador estaba ya en la mina, todo el trayecto –que a veces duraba mucho pues cada mina tenía una profundidad diferente- era aparte. En un comienzo no contaban con cascos de seguridad y su vestimenta consistía en pantalones de saco de harina y el torso descubierto.
Las condiciones, aparte de peligrosas, eran míseras: no habían baños en la mina y estaba prohibido subir para hacer las necesidades, por lo que las hacían en la mina y esto llevó a la proliferación de guarenes en su lugar de trabajo.
El almuerzo lo traían ellos desde sus hogares y consistía en un pan amasado y una charrita de té, a la que a veces se le agregaba malicia para soportar las duras horas de trabajo. Su única fuente de iluminación era una lámpara a aceite que llevaban con ellos y que contribuía al peligro de explosión por el temido gas grisú que emanaba de las profundidades.
Gran parte de la población de Lota trabajó en alguna de las minas o tuvo a algún pariente que lo hiciera, por lo tanto todos conocen las desastrosas consecuencias que conllevaba pasar hasta 12 horas bajo tierra, diariamente y durante años.
Los mineros sufrían de neumoconiosis y silicosis, enfermedades al pulmón causadas por aspirar diferentes partículas que colmaban el ambiente da la mina y que les llenaban los pulmones de polvo y más tarde de cicatrices, lo que a largo plazo los llevaba a la muerte. También se desarrollaba frecuentemente cáncer al pulmón, artritis en las articulaciones por el largo rato que pasaban en la misma posición y varias otras enfermedades respiratorias y de los huesos.

A pesar del paso del tiempo, y de que la población se dedica a otras actividades, el concepto que se tiene de la ciudad permanece ligado a la actividad carbonífera y a las penurias que traía consigo. Pero el estigma de ciudad pobre, triste y poco productiva no es sólo imaginativo, ya que la cesantía, el descuido y la falta de dinero han hecho de Lota tan sólo una quimera de lo que algún día fue.


Una solución insospechada
Si un hombre trabajó en el carbón y vivió las penurias que conllevaba la vida en la mina, se siente orgulloso de ello y sus recuerdos le dan un porte altivo, que lo diferencia del resto. Es por eso que, aparte de la escasez de trabajo en la zona, los mineros no gustaban de emplearse en cualquier cosa, porque su orgullo como trabajadores del mineral persistía.
Mas pasaron los años y la cesantía era tan grande, que el orgullo y la altivez desaparecieron y dieron paso a una desesperación enorme por conseguir un trabajo estable, con sueldo fijo. Los proyectos de reconvención de obreros del gobierno, como cursos de gasfitería o carpintería, no funcionaron y las campañas de trabajos temporales que implementaba tampoco.
Es aquí cuando, al ver la cantidad de gente curiosa por conocer una mina, surge la idea de explotar el turismo carbonífero. Así se idearon paseos por la mina “El Chiflón del Diablo”, rebautizada así por la obra de Baldomero Lillo, donde menciona un pique terrible con ese nombre. Se contrataron cuatro ex mineros para hacer los tours, para que pudieran relatar sus propias experiencias, y se creó un circuito por la ciudad, que incluye el Parque Isidora Goyenechea, el museo interactivo Big Bang, el Museo Histórico de Lota y la central hidroeléctrica Chivilingo.
Es en este momento cuando los turistas empiezan a tomar en cuenta a Lota para las excursiones y para pasar un buen rato aprendiendo además un poco de historia. Así, las calles de adoquines, las viviendas típicas de los trabajadores y los piques abandonados ganan otro significado y pasan de ser construcciones roñosas a ambientar una ciudad que trata de rescatar su antiguo espíritu.
El éxito ha sido tan grande, que ya se ha modificado el paseo por la mina para que la gente pueda volver y descubrir nuevos túneles, también se han recuperado casas y calles, e incluso se le postula a ser Monumento de la Humanidad por la UNESCO, debido a su gran valor histórico.

Un ex minero se pone su casco gris y le habla con voz estertórea a la concurrencia, que puede componerse de familias, estudiantes y personas de variadas edades que lo miran debajo de sus cascos amarillos. Suspira y empieza el recorrido a la mina, su amante durante tantos años y que ahora lo recibe con sus brazos abiertos, esperando cada visita para salir de la soledad.
Esa es la realidad de Lota, pueblo minero del sur y que alguna vez fue la fuente de oro negro del país, muchos, muchos años atrás.